Estimados Docentes y Amigos:
He demorado esta carta esencialmente porque hasta ayer había considerado que dar paso a conversaciones sobre la violencia en las manifestaciones daría pie a tematizar el movimiento hacia éste ámbito, colaborando de forma indirecta con el gobierno hacia la criminalización del Movimiento por la Educación. Hoy creo que estas declaraciones, por parte de todos, son impostergables.
Sabemos que existen carabineros infiltrados en las marchas, sabemos que existen no porque necesariamente los hayamos visto o identificado (aun cuando se haya hecho en otras ciudades), lo sabemos porque es parte de las prácticas instituidas en la historia de nuestro país para la persecución de representantes y manipulación de los movimientos. También sabemos que existen personas que no pertenecen a esta institución, que se suman a nuestros estudiantes y se encapuchan haciéndose parte de las manifestaciones violentas en nuestra Universidad. Sin embargo está también en nuestra experiencia y sabemos, que la gran mayoría de los jóvenes que se encapuchan, o que pelean a cara descubierta en contra de las fuerzas del orden, son nuestros alumnos, los mismos que vemos y seguiremos viendo de frente en las aulas cuando volvamos a clases.
He leído muchos llamados a rechazar la violencia por ambas partes, he leído múltiples veces que la violencia psicológica, física, social, económica, etc. que constantemente viven nuestros jóvenes, en especial los de escasos recursos y de etnia indígena, “no justifica” una acción violenta contra la acción de carabineros, sea ella represiva o de “disuasión”. He leído también con desazón el llamado a “condenar” estas acciones. Desde lo más profundo de mi corazón les pido que cambiemos el discurso, que cuidemos las palabras, que hagamos esfuerzos por acercar las posiciones dentro de esta comunidad universitaria y hacia la comunidad penquista, a quienes, cuando no se suman del modo que esperamos, con facilidad llamamos lumpen, delincuentes, criminales y otros epítetos, a raíz de daños a la propiedad pública y privada, y de saqueos albergados en las manifestaciones.
Les pido cuidemos el lenguaje y encontremos un discurso más apropiado para referirnos al otro que está resentido. Porque se resiente quien ha sido herido reiteradamente y el más leve daño le recuerda su dolor. Porque lo que se justifica y lo que no se justifica, se dirime desde lo justo, que es noción de justicia y no de legalidad. Porque se condena aquello que se repulsa para pedir castigo, y porque el castigo que se dispensa es la privación de libertad.
La violencia, palabra que convocamos para referirnos casi siempre al daño físico evidente, se vive cotidianamente en nuestro país: se vive en el mall, lleno de cosas que muchos no podemos comprar y que son objeto de deseo, en las aulas, con prácticas docentes que invalidan al otro en su saber y en su experiencia, en los bancos, con créditos y préstamos usureros único medio para proveernos de aquello que es nuestro derecho, se vive al ver a personas luciendo autos y viviendo en casas y edificios que no estarán al alcance a lo largo de toda la vida, en el supermercado cuando nos persiguen guardias con su mirada por ir mal vestidos y ser sospechosos de robo.
Todos hemos sido excluidos, discriminados, por nuestra edad, por nuestra apariencia, por nuestras opiniones, por nuestras acciones, por nuestras creencias. Pero hay personas en este país que son doble, triple, múltiples veces discriminados, excluidos, maltratados, y no podemos ser nosotros quienes, ahora que ocupamos lugares de mayor poder y privilegio, apuntemos al otro por no ser quienes queremos que sean, o por apropiarse de aquello que ostenta la sociedad en su cara y que no pueden obtener. Pues bien, su bienestar, inclusión y participación en la sociedad es el objeto último de nuestras demandas y acciones, ellos son los que queremos como futuros alumnos, ellos serán los padres de nuestros alumnos de próximas generaciones, ellos serán trabajadores en nuestra casa de estudios, ellos serán profesores, ellos serán los amigos de nuestra familia; ellos son, serán y seguirán siendo NUESTRA comunidad penquista.
Comuniquémonos dejando de lado las etiquetas. Pongámonos honestamente desde el querer: NO QUEREMOS VIOLENCIA, no queremos nuestras facultades dañadas, no queremos nuestro patrimonio histórico-cultural puesto en peligro por la acción represiva de carabineros. Nuestra postura no es por amor a lo material, es por amor a lo que somos, y entonces, recordemos a todos que la Universidad de Concepción hasta sus más últimos cimientos es pública, porque público es lo que NOS pertenece y es parte de nuestra IDENTIDAD. Y por sobre todo lo anterior, NO QUEREMOS personas puestas en peligro, jóvenes, alumnos nuestros o no, que pongan en riesgo su integridad física y su libertad, por pensar -sentir- que ésta es la única vía para lograr sus demandas o cubrir sus necesidades, pues la mayoría ya lo sabe: no es la única vía, ni es la más certera, ni la más efectiva, no en este contexto, no en este momento.
Queremos que pongan confianza en nosotros y nosotros pongamos nuestra confianza en ellos: unámonos, juntos no abandonaremos, seguiremos movilizándonos por el respeto a los derechos esenciales, por la educación para todos, por el acceso mediado por el mérito, el talento y la vocación, en igualdad de oportunidades. Seguiremos también atentos al uso de la violencia por parte de la autoridad, para poner todos nuestros recursos en frenar estos abusos.
Infiltrémonos nosotros en lo más profundo de la comunidad de la que somos parte y actores esenciales, no dejemos de ejercer nuestro rol hacia adentro y fuera de la comunidad.
Posicionémonos también en la defensa de nuestros alumnos, ellos son adultos en formación, y es nuestro deber entregar más que los contenidos de los programas. Confrontemos a los encapuchados de las redes sociales, quienes usan la máscara de un nombre falso para agredir verbalmente, para deslegitimar las opiniones, para insultar a nuestros alumnos movilizados. Aprovechemos y trabajemos por detener los rumores, por aclarar, por informar y mantenernos informados por redes seguras, y a través de la información expedita desterrar los miedos en jornadas oscuras como el pasado jueves 4 de agosto, donde corrían voces sobre muertos en las protestas, provocando a nuestros estudiantes en toma a salir de los edificios y confrontarse con carabineros o derechamente, a través del miedo, a abandonar las tomas.
Por todo lo anterior, y como forma de reactivarnos para lograr nuestro cometido de un alto a la violencia, hago un llamado a regalarle a esta comunidad toda, el testimonio de su tiempo de estudiante, de la universidad que Usted vivió, les convoco a conectarse con su biografía, a revivir la diversidad de experiencias y miradas para mejor comprender quiénes son nuestros alumnos ahora. Les convoco a maravillarse, desde ese recordar, de lo que estos jóvenes han logrado hasta ahora, y de cómo han sacado a miles de la inercia.
Revivamos la confianza y la comunidad desde el discurso y desde el actuar, que el tiempo post-marcha no sea para dejar espacio al mal llamado “Clásico Universitario” entre carabineros y estudiantes movilizados, que sea el tiempo del acercamiento a la comunidad: ¿Dónde está la Universidad que hemos construido desde esta alianza? ¿Dónde están las iniciativas culturales, educativas, operativos de salud, alfabetización, participación social, investigación, acción y ciencia al servicio de la comunidad, que caracterizó a la Universidad de Concepción? Si la hay visibilicémosla y expandámosla. Entonces, no será desde la mera interpelación desde donde solicitemos un cese a la violencia, será desde la propuesta de una nueva alianza que atienda el espíritu de esta gran Universidad de Concepción.
Con un cariño inmenso,
Patricia Huerta San Martín
Socióloga
Ex alumna y Docente
Universidad de Concepción
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